domingo, 14 de diciembre de 2014

El que a yerro mata…



Por: César Lévano

El congresista Marco Tulio Falconí presentó un proyecto de ley para multar los errores de ortografía publicados en los diversos medios de comunicación. El legislador retiró el proyecto porque sus colegas de bancada le señalaron que su texto contenía errores dignos de cuantiosas multas.

El problema no está solo en las faltas de ortografía. Un caso aún más grave es el de los atentados contra la sintaxis (concordancia de género y número, por ejemplo). Más preocupante aún es la pérdida del sentido de las palabras.

Recuerdo haber escuchado en un programa radial la denuncia de que en una calle de La Victoria había “un tumulto de basura”. Supongo que quiso decir “cúmulo”. Una locutora radial relató un mitin electoral en el cual, a la aparición del candidato, sus seguidores “se sacaron las vísceras”. ¿Harakiri colectivo? No. La señora no supo emplear la palabra visera.

Hay, desde luego, erratas que no dan pena, sino que arrancan risa. Verbigracia, la del crítico que dedicó un libro suyo a una condesa “cuyo exquisito busto conocemos bien todos sus amigos”. Quiso decir “exquisito gusto”. Un español escribe: “Fernando I divide el reino y comienzan las guerras intestinales”. Un poeta argentino estampó: “Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tonta”. Quiso decir “la tinta”.

Ayer, en un importante diario de Lima se daba cuenta de un accidente de carretera del que resultaron varios heridos, algunos de ellos graves, pero, felizmente, “no hubo víctimas”. ¿Y los malheridos, qué son?

Varios problemas se juntan en los malos manejos idiomáticos de muchos comunicadores actuales. Falta de lecturas, carencia de lógica, ignorancia de la historia, ausencia de relectura de los textos propios. En mi larga experiencia de periodista he visto la declinación progresiva.

Italo Calvino apunta en su inagotable libro Seis propuestas para el próximo milenio, que una peste parece azotar al único instrumento que nos distingue de otras especies: El lenguaje. Las palabras, dice, parecen haber perdido sus puntas expresivas.

Y, sin embargo, ¡son tan importantes las palabras, el sentido de las palabras, los signos de puntuación! Gabriel García Márquez expresó, en su discurso “Botella al mar para el dios de las palabras”:

“A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: “¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?”. Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.”(diario uno)