El daño moral detrás del carnaval para siempre
No duelen los viajeros con precarias bolsas de viaje, no duele que degraden las calles y fachadas, ni aún la estridente música que taladra el descanso de los que trabajan temprano. Duele que el peruano no vea en Cajamarca a su ciudad vecina, que no respete la tierra como si fuese suya. Hoy las calles amanecen sucias, los muros manchados, los árboles mutilados y monumentos que recuerdan héroes convertidos en telón de fondo para la embriaguez. Y lo que debería ser celebración termina pareciéndose a abandono.
El problema no es la alegría popular. Cajamarca sabe celebrar, ya lo hemos demostrado durante décadas enteras. Lo ha hecho por siglos; el problema es cuando la fiesta deja de ser cultura y se convierte en impunidad. Porque una cosa es el color y otra es el desorden generado por el mismo comerciante que cierra la calle para cobrar 5 soles, que sube el precio de la comida incluso a los locales, que no da el ejemplo de templanza y limpieza. Por otro lado, el visitante que olvida su lugar como invitado y se transforma en invasor circunstancial que no ama lo que pisa.
Hay turistas que llegan con mochila ligera y conciencia pesada. No traen equipaje, no traen respeto, no traen arraigo. Consumen la ciudad como si fuera descartable: beben, ensucian, dañan y se van. Dejan tras de sí basura, manchas, árboles cortados y una sensación amarga de que el hogar fue tratado como territorio sin dueño. Pero lo más grave no es el visitante irresponsable; lo más grave es la permisividad. Cuando la autoridad no marca límites claros, el mensaje es brutal: todo vale. Si el alcalde relativiza el desorden, si la fiscalización es pantomima, si el patrimonio se protege con 20 mil soles de plástico y no con firmeza, entonces la ciudad queda indefensa ante la euforia sin freno.
Queda para los cajamarquinos que aún conservan los principios de sus abuelos, enseñar a los más jóvenes que el civismo no es una palabra antigua. Es la línea invisible que separa celebración de decadencia. Y que cuando esa línea desaparece, lo que queda no es tradición; es la terrorífica escena de nuestros templos mancillados, el recuerdo de nuestros héroes humillados y nuestra soberanía pisoteada. Las calles no son vertederos temporales, son el espacio común donde hacemos comunidad y cuando todo eso se degrada frente a nuestros ojos, algo se rompe por dentro.
No es exageración, es tristeza. Porque quien ama su ciudad no puede mirar indiferente cómo se la maltrata en nombre de la diversión. No puede sonreír mientras el patrimonio se mancha y la supuesta autoridad mira a otro lado. Si la ciudad quiere proyectarse al mundo como destino cultural, histórico y patrimonial, no puede permitirse escenas de degradación pública que erosionan su imagen y su autoestima colectiva. La verdadera celebración es aquella que deja la ciudad mejor de como la encontró.(Diario El Clarín).